Archivos de Enero de 2010

“La educación como inversión”

Hoy en El Correo de Andalucía, Juan Salas Tornero, Presidente de la Escuela Andaluza de Economía, explica en esta tribuna por qué es tan importante la apuesta por la inversión en educación como camino hacia la excelencia universitaria.

En su historia más reciente, la Universidad en España ha atravesado diferentes etapas. A finales del siglo XIX, puede decirse que la Universidad es docencia. La institución venía debilitada del siglo anterior y los pensadores mejor instruidos la consideraban algo fosilizado, de bajo nivel e incapaz de aportar pensamiento innovador alguno.

Sin embargo, el siglo XIX supone un giro radical en esta visión. El Plan Pidal (1845) y la Ley Moyano (1857) consiguen relanzar, a través de la intervención y la apuesta estatal, la educación universitaria de manera definitiva. Se inaugura una época de grandes docentes, ilustrados académicos del mundo universitario como fueron Miguel de Unamuno o Giner de los Ríos. El XIX es el siglo de la enseñanza de letras, donde destacan las Universidades de Filosofía y Letras, Derecho, Medicina y Farmacia. Así, no es de extrañar que, a mediados de siglo, de unos 17.000 estudiantes, 8.400 se ubicaran en las escuelas de derecho.

Esta situación comienza a cambiar a finales de siglo con la creación en 1857 de la Facultad de Ciencias (que abarcaba Ciencias Exactas, Físicas y Naturales). España entra así en el siglo XX con una universidad reforzada y que empieza a innovar en el ámbito científico con paso lento pero decidido.

El siglo XX será el siglo en el que, junto a la docencia, se potencie la investigación. Además, el movimiento universitario empieza a ser potente. Los universitarios se muestran orgullosos de serlo; en Sevilla, como en muchos otros sitios, los estudiantes levantan incluso un monumento a su fundador, Maese Rodrigo, para demostrarlo. Por desgracia, la guerra civil y la posguerra frenan durante demasiado tiempo el despegue cultural que había comenzado de manera fuerte en 1919 con el Plan Silió y que tanto prometía; sin embargo, a pesar de ello, el siglo XX dejaría el ejemplo del trabajo y la entrega de reconocidos científicos de la talla de Gregorio Marañón o Ramón y Cajal.

Ahora nos encontramos inmersos en el siglo XXI, momento en que la Universidad, además de docencia e investigación, debe convertirse en un organismo inversor que, apoyado por los resultados investigadores, se comporte como un lazo de unión del conocimiento con su aplicación en el mundo empresarial.

Actualmente hablar de educación debería llevarnos de inmediato a hablar de calidad y excelencia, características indispensables para una institución de tan alta responsabilidad social.

Sin embargo, queda un largo camino por recorrer hasta lograr la excelencia universitaria. Es urgentemente necesario tomar el pulso a la calidad en las aulas de unas Universidades que deben estar en las mejores condiciones para pelear por ser promotoras de innovación social, cultural, empresarial y económica.

Estoy convencido de que la educación es la inversión más rentable que podemos hacer. Debemos apostar por la docencia y la investigación como herramientas que nos conduzcan a alcanzar un sistema educativo con el que estemos en condiciones de competir con los mejores en desarrollo, conocimiento e innovación; y eso sólo podemos hacerlo con el incremento de la inversión, la apuesta firme por la investigación y el refuerzo de la calidad en la docencia.

Para la Escuela que presido, la Universidad debe convertirse en un motor más del país que ayude en el desarrollo económico y el progreso social. Por eso, hemos puesto en marcha una nueva herramienta de intercambio de conocimientos y experiencia que nos ayude a mejorar en excelencia y calidad.

Nos mueve la inquietud por dar respuesta a problemas actuales y hacerlo desde la observación, la reflexión, el debate y el estudio de experiencias exitosas en este campo. Estoy convencido de que la apuesta decidida y la lucha por la educación de excelencia es, hoy por hoy, la mejor política que puede hacerse para impulsar a la economía hacia un mayor y mejor desarrollo.

Somos conscientes de que nuestro país no destaca en términos de excelencia académica, algo que queda demostrado si miramos el ranking de las 150 primeras Universidades del mundo, entre las que no se encuentra ninguna universidad española. Por ello, la Escuela Andaluza de Economía hace con el desarrollo del ciclo La Educación de Excelencia una fuerte apuesta para fomentar la excelencia de nuestras Universidades a través de la observación y la escucha de las experiencias de las mejores Universidades del mundo y la elaboración de un Libro Blanco con el que pondremos los conocimientos adquiridos a disposición de toda la sociedad. Además, el proyecto contempla la creación de un sistema de apoyos para que proyectos exitosos se conviertan finalmente en innovadoras start-up que devuelvan esa inversión a la sociedad.

Nuestro sistema de educación superior necesita ser modernizado, para lo que es fundamental ubicar la investigación en un entorno académico, científico y emprendedor innovador, algo que requiere indiscutiblemente de una estrategia exitosa de promoción de la excelencia.

Debemos implicar a participantes e invitados en la profundización del análisis sobre la situación actual de la Universidad en España, hacerlos partícipes de los problemas con que contamos y mostrarles el camino que debemos seguir hacia la educación de excelencia. Y, al menos en mi opinión, no hay mejor camino para generar nuevas ideas que a través de los ojos y la experiencia de aquellos que ya han alcanzado el éxito.

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Jean-Lou Chameau entrevistado en “El Correo de Andalucía”

El periodista Manuel Ruiz Rico, de “El Correo de Andalucía” quiso aprovechar la visita de Jean-Lou Chameau a Sevilla para entrevistarle sobre asuntos relacionados con la ciencia en general y la implicación de la sociedad con el avance científico. Éste fue el resultado de la conversación que ambos mantuvieron.

1261947138367sev-12dn Es un tópico recurrente, pero dado que usted es francés de nacimiento y de formación y desarrolla su investigación en California, la pregunta es obligada. ¿Debe Europa copiar el modelo científico de Estados Unidos?
Cada modelo tiene sus particularidades y el problema no es tanto elegir entre un modelo u otro. Las dos grandes diferencias entre el sistema de investigación de Estados Unidos y el de Europa son que en Norteamérica la educación y la enseñanza están muy integradas en la investigación y que a los jóvenes se los implica enseguida en esa investigación; y ése es el reto que tiene que afrontar Europa. Esto es lo más importante y no es, como se ve, un problema de recursos ni de dinero.

Pero Estados Unidos invierte más en ciencia.
Es cierto, pero la inversión pública en las universidades es de en torno el 1% del PIB, un porcentaje parecido al del resto de Europa y sólo un poco por encima de España.

¿A qué se debe que se relegue a los jóvenes, como usted denuncia, a un problema de credibilidad o de falta de confianza en la juventud?

Los jóvenes son los que tienen más ganas y más creatividad. El problema es que la tradición europea universitaria se remonta a cientos de años atrás y se han generado unas inercias muy difíciles de superar, como que los profesores mayores son los que han tenido siempre el protagonismo en la universidad. Esto está cambiando afortunadamente en algunas materias, como en Economía, pero aún hay que hacer mucho más.

El ciudadano de a pie usa cada vez más tecnología, sin embargo sigue habiendo una distancia enorme respecto a los descubrimientos científicos y el entendimiento que tiene la sociedad sobre estos hallazgos. ¿Le preocupa que esa distancia vaya siendo cada vez mayor?
Es una preocupación creciente entre los científicos porque el uso de la tecnología es cada vez más cotidiano. Sin embargo, la gente común se muestra desinteresada por estos temas. Esa falta de interés es preocupante y tiene un efecto muy importante porque los políticos suelen actuar sobre ciertos temas si se genera un interés público en torno a ellos. A pesar de esto, lo positivo es que la gente confía en los científicos.

Esto es lo que ha ocurrido con el cambio climático.
Es un ejemplo del protagonismo que han jugado a la hora de trasladar al gran público un problema y de generar una conciencia social muy fuerte. En general, los científicos investigan y mantienen un diálogo entre ellos y con los gobiernos, pero en este caso ha sido fundamental que hayan trasladado sus conocimientos a la opinión pública, a la calle, a la gente de a pie.

Se jacta de que en el Caltech es una prioridad fomentar la creatividad de los jóvenes. Los exámenes, por ejemplo, son entregados a los alumnos para que los hagan donde quieran y con total libertad. ¿No le preocupa que esto pueda fomentar el fraude?
En el Caltech somos muy selectivos al elegir a nuestros alumnos; son muy buenos y por eso nuestro sistema busca la creatividad, para que exploten sus cualidades. Lo que usted plantea ha veces ha ocurrido y, en general, cuando hemos cogido a un tramposo ha corregido su actitud. Pero la conclusión a la que llegamos es otra: esta clase de alumnos tampoco funcionaría en un sistema distinto. Y éstos, sin embargo, funcionan peor que el nuestro precisamente en el fomento de la creatividad que busca el Caltech.

Dice que el objetivo de su universidad es fomentar la colaboración, no la competencia entre los estudiantes. ¿Cómo se consigue eso?
Nuestro lema es quítate de en medio [stay out the way, en inglés]. ¿Qué quiero decir con esto? Que hay que ser imaginativos, creativos y flexibles, es decir, no cerrarse en un sólo campo científico, sino abrirse y explorar posibilidades en otros campos, practicar la pluridisciplinaridad. Y quienes mejor pueden hacer esto son, precisamente, los jóvenes.

Espionaje tecnológico, armas nucleares, guerras bacteriológicas… el debate sobre el uso de los hallazgos tecnológicos y científicos vuelve a estar sobre la mesa.
Es un debate que surgió en la Segunda Guerra Mundial, en la que, para la ganar la contienda, se usaron las armas nucleares. Cada vez que me plantean esta cuestión digo una cosa: es necesario un debate social profundo sobre esta cuestión para que sea la sociedad quien decida. En contra de este debate juega el desinterés social que hemos comentado. Pero hay una cosa que se suele olvidar: lo cierto es que la gran mayoría de los hallazgos sirven para mejorar nuestras condiciones de vida (internet, móviles, nuevas terapias en salud…) y, sin embargo, la gente suele acordarse sólo de lo negativo.


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